Una colección de monedas mexicanas, una lira peruana, retratos del general Porfirio Díaz, Presidente de la República en turno y miembros de su gabinete, junto con el acta de rigor firmada por el primer mandatario con una pluma de oro fueron colocados el 2 de enero de 1902 a las diez y media de la mañana, dentro de un pequeño cofre convertido en caja del tiempo que pocos segundos después, habría de ser introducido en la primer piedra que se colocó del monumento a los héroes de la independencia nacional.
Ocho años más tarde, el 16 de septiembre de 1910, en la misma segunda glorieta del Paseo de la Reforma –dirección sur-norte- lugar de su ubicación, el general Díaz inauguró solemnemente este monumento como parte de las celebraciones del Centenario de la Independencia.
Esta majestuosa y admirada obra, es una columna de 45.16 metros de altura, construida bajo la dirección del arquitecto Antonio Rivas Mercado en colaboración del arquitecto Manuel Gorozpe y los ingenieros Gonzalo Gorita y Guillermo Beltrán.
El sabor francés de sus líneas, cuyo estilo predominaba en la época en que fue erigido, contrasta con lo sustancialmente mexicano que hay en los restos de quienes lucharon por la patria independiente y hoy descansan en el interior del monumento. |